“Después de la Tormenta”: Secuelas de una elección presidencial.

Ha pasado casi un mes desde que se dieron a conocer los resultados electorales en E.U.A. y todavía quedan secuelas del terrible desenlace de los hechos. La expresión “President-elect Donald Trump” aún me produce escalofríos, náusea y una relampagueante ansiedad que habitualmente disminuye bebiendo de manera compulsiva ó poniéndome en posición fetal en la bañera. 

Soy mexicano. Me gusta sopear el pan dulce en el chocolate caliente y digo expresiones como “ahorititita”. Mi mexicanidad combina con todo lo que hago. Vengo de una ciudad entre los cerros chichimecas de la zona geográfica central llamada “El Bajío” y hace 4 años me receté un auto-exilio. Entre la incertidumbre de no saber que hacer con mi vida y el atrabancado impulso juvenil, decidí emigrar a los Estados Unidos. Soy mexicano y lógicamente me hierve la sangre ante los comentarios racistas de Trump.

Cuando me fui, mi país estaba roto y dividido por unas elecciones que lo habían dejado sacudido. Los polémicos resultados arrojaban a Enrique Peña Nieto, como el próximo presidente de la nación, con todo la oscuridad que eso significaba. Quiero hacer énfasis en la palabra “dividido” porque vi como amistades se desmoronaban al discutir ideas políticas. Vi la rabia de un pueblo que no iba a aceptar la opresión. Vi desobediencia civil y puños levantados hacia el cielo. Muy similar a lo que está pasando hoy, en U.S.A. Y fue en medio de esa tempestad, cuando yo agarré mis maletas y partí a Nueva York.

Ahora, para ser brutalmente honesto con ustedes, mis razones no fueron de índole político. No vine buscando asilo, ni refugio. No pretendo robar, violar o traficar con drogas (aunque Trump piense lo contrario) No. Vine porque crecí viendo a las Tortugas Ninja comer pizza y patinar todo el día. Porque “Friends” me enseñó que puedes meserear en un café y vivir con tus amigos en lo que cumples tus sueños. (Ahora tengo la certeza de que shows como “Friends” le hicieron demasiado daño a mi generación.) Pero el punto es que uno viene a perseguir un sueño y de paso a perseguir la chuleta. En otras palabras, uno viene a chingarle para cumplir sus metas. De eso se trata el American Dream. Esos son los valores con los que la Estatua de la Libertad nos da la bienvenida. 

Pero volviendo al tema, el pasado 9 de noviembre, el mundo se estremeció con la noticia de que Donald J. Trump iba a tomar las riendas del país más poderoso del mundo. Sí, esa criatura infame que durante toda su campaña despotricó en contra de musulmanes, prometió construir un muro de miles de kilómetros en la frontera y por años abusó de las mujeres. Sí, ese charlatán, esa piltrafa, esa basura. Hubo brotes de violencia y alaridos en el bar donde estuve la misma noche de las elecciones. En el aire se respiraba un ambiente de confusión y tristeza. En la rockola, sonaba fuerte “What’s going on” de Marvin Gaye y todos cantaban con el corazón roto. La mañana siguiente, la ciudad amaneció muy gris, recuerdo que tomé el tren a Manhattan y vi caras largas con la mirada desencajada. Nos mirábamos queriendo ser solidarios, pero sin saber realmente de que lado estábamos. 

Entonces, What’s going on, Marvin?. Podemos adjudicar el triunfo a que Trump tocó una fibra sensible en la clase trabajadora sin empleo y les dijo lo que querían escuchar. Podemos culpar la arrogancia del partido demócrata por no dejar llegar las ideas progresistas de Bernie Sanders y en cambio, forzar a una candidata que traía arrastrando un pasado controversial. Podemos, incluso, cuestionar el obsoleto sistema del colegio electoral, que al final decidió la contienda, sin importar que el voto popular fuera para Hillary. Lo que no podemos hacer es quedarnos callados y sucumbir ante las ideas fascistas del presidente-electo y su ejército de neo-nazis. Porque aunque Trump sea la nueva cara de America, son los que están detrás de él (Pence, Bannon, Sessions…) los verdaderos jinetes del Apocalipsis. 

Ya no basta con estar tristes o ser cínicos. Para sanar tenemos que empezar con nosotros mismos, con nuestra comunidad. Ésto se combate todos los días, con expresiones artísticas y haciendo las paces con el vecino. Quizá no sé que pedo con Alabama, Florida ó Montana. Pero estoy orgulloso, hoy más que nunca, de vivir en Nueva York. Donde gente progresista, educada y de mente abierta interactúa todos los días. Aunque el futuro luzca incierto, nos tenemos los unos a los otros y todos estamos en el mismo barco. Sí, el árabe que maneja tu Uber, la china de la lavandería que dobla tu ropa, el boricua que te corta el pelo y el mexicano que cocina tu comida. Todos somos Nueva York y todos somos Estados Unidos de America.